Movimiento Moderno. El mito del color blanco

Ville Saboie

Aspecto de la Ville Saboie (Poissy, Francia), con la planta baja coloreada de verde. Le Corbusier, 1929.

MITO: “Narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico, que con frecuencia interpreta el origen del mundo o los grandes acontecimientos de la humanidad.”

Nos hemos permitido la licencia de calificar como “mito” la historia de la coloración del movimiento moderno, en primer lugar porque en ella intervienen arquitectos de carácter “heroico” en todos los casos y casi “divino” en muchos de ellos, que la historiografía crítica del movimiento moderno ha encumbrado hasta formar parte del Olimpo de la profesión.

En segundo lugar esta narración, aunque se sitúa en la historia de los primeros años del s. XX, tiene aspiraciones de ser intemporal, como la del mito. Quiere romper con la historia e inaugurar un nuevo tiempo, con lo que se trata de una historia de los orígenes. No de los orígenes de la humanidad pero sí de los orígenes de la arquitectura moderna y de nuestra manera de entender la arquitectura contemporánea. El movimiento moderno introduce una coloración en la arquitectura liberada del decorativismo antiguo en la que el color ya no es una característica añadida a la estructura arquitectónica a posteriori, sino que es un elemento más a considerar en fase de proyecto[i].

Por último, un mito es una narración maravillosa, con lo que no sostiene correctamente un estudio científico de su contenido y no se ciñe estrictamente a la verdad. Lo mismo ha ocurrido con el colorido del Movimiento Moderno, del que no resulta verosímil afirmar que sólo empleo las gamas de tonos blancos, porque esto casi nunca fue así.

El Movimiento Moderno genera dos posiciones cromáticas que han tenido gran influencia en la arquitectura posterior y que persisten hasta la actualidad. Por un lado en algunos edificios se emplea el color de los propios materiales de construcción, actitud que se hereda de la trayectoria de arquitectos como Karl Friedrich Schinkel (1781-1841), Adolf Loos (1870-1933) ó Louis Sullivan (1856-1924) y en la que se mezcla a partes iguales la hostilidad hacia la decoración con la defensa de la “verdad material” ruskiniana (1819-1900). Por otro lado se impone como estandarte del movimiento moderno la arquitectura de color blanco, significada paradójicamente por las casas de hormigón de Le Corbusier de los años veinte, siendo que al arquitecto suizo debemos algunas de las aportaciones coloristas más interesantes de este periodo.

El autor Ned Cramer denuncia en un artículo con un título bastante provocador que la arquitectura de Le Corbusier, paradigma de la modernidad, efectivamente “No fue nunca blanca, después de todo” (Cramer, 1999). El ejemplo de la Ville Saboie es sin duda emblemático, pues no sólo el interior está ricamente coloreado, sino que en la fachada exterior el arquitecto dispuso toda la planta inferior de la villa con un color verde oscuro de modo que se “camuflase” con el fondo boscoso y la pieza blanca del primer piso adquiriese toda su rotundidad y protagonismo (Fig. 1). Un empleo del color que a favor de una pretendida rotundidad formal recurre al “camuflaje” o al “disimulo”. Aunque aún más llamativa resulta la coloración de las formas que emergen en su cubierta, con tonos azules y rosas, como si de un bodegón de objetos expresivos se tratara[ii].

Sabiendo que la exposición del MoMA de Nueva York de 1932 exponía una maqueta de la Ville Saboie y que Le Corbusier no construyó ni un solo edificio sólo con color blanco, debemos dar la razón al crítico de arquitectura Mark Whigley cuando señala que la única explicación posible para el triunfo del blanco en la modernidad es una ceguera hacia el color que él califica de “autoimpuesta”“compartida por muchos de los historiógrafos dominantes” cuya consecuencia es que el color se separa de la narración principal de la arquitectura“ (Wigley, 1995).

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             Efectivamente existió una historiografía del movimiento moderno cuyo fin era la justificación y legitimación de las actuaciones de los arquitectos vanguardistas, quienes ”espléndidamente aislados de todo precedente, como si fueran unos héroes míticos que se enfrentaban al enemigo de la decadencia academicista, legitimaban los valores de una nueva moralidad con efectos pedagógicos, regeneradores e higienistas” como señala adecuadamente el profesor y arquitecto Josep Maria Montaner (Montaner, 1999).

 

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Cramer, Ned; ” It was Never White, Anyway” en Architecture, vol. 88, nº. 2, 1999. ISSN: 07460554.

Montaner, Josep M. Arquitectura y Crítica. Ed. Gustavo Gili. Barcelona, 1999. pp. 109. ISBN: 8425217687.

Wigley, Mark. White Walls, Designer Dresses: The Fashioning of Modern Architecture. Ed. MIT Press. Cambridge, 1995. pp. 424. ISBN: 0262231859.


[i] Esto es cierto, al menos, en teoría. Se sabe que Le Corbusier, por ejemplo, decidió la disposición de los colores del conjunto de viviendas en Pessac a posteriori, cuando ya había sido construido este conjunto edificado de escasas dimensiones.

[ii] El Pabellón de Aragón en la Exposición Universal de Zaragoza de 2008 de los arquitectos Daniel Olano y Alberto Mendo sugiere una coloración similar en fase de proyecto, al abordar los lucernarios de la cubierta como si se tratara de piezas de fruta sobre una gran cesta de mimbre.

 

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